"Lo primitivo no es lo mismo que lo bárbaro. Lo bárbaro ya está corrompido, lo primitivo aún no ha madurado." G. Leopardi

Monday, 15 October 2012

MÁSCARA TOTEM (una estructura y varias funciones)


No esperéis filosofías, ni teorías, ni análisis, ni hostias por el estilo. Bueno, hostias si. La máscara soporta todas. Esa es una de las razones por la cual la utilizo a diario. Sin querer tocar los entresijos de las escuelas  antropológicas y sin querer citar autor alguno (a ver si lo consigo), quiero traduzcir éstos términos -estructura y función- contaminados de mis malas lecturas como mal estudiante, y desligado de todo academicismo. Ha de hablar mi sentido común, de cómo veo la estructura y la función de la máscara, y lo hago como ejercicio necesario para explicar mi obsesión por éstas construcciones sencillas que realizo con piedras desde hace ya unos cuantos años.

La función de la máscara es encarnar al otro, a lo otro, a lo desconocido que nos habita, y liberarnos así del sujeto -ángel o demonio- que nos llama desde las alturas o nos grita desde las profundidades. La máscara posibilita una terapia que consiste en desvelar nuestro subconsciente, en manifestar nuestra naturaleza salvaje vinculada a la idea de lo sagrado. De éste modo, la máscara nos legitima para actuar salvajemente, y descubrir  rasgos y aceptar comportamientos -a menudo brutales- de la naturaleza humana. A veces debemos ser Satán, así lo dictan las leyes del mercado laboral y del entorno social; y otras el arcángel San Gabriel, si ante nosotros se postra el niño o la mujer.

Por otra parte, la máscara nos protege de la realidad insolente. Es como si fuera el escudo tras el cual se encuentra un luchador herido que no quiere mostrar su gesto de derrota y su habitual abatimiento. Cansado, desganado y desmotivado de luchar, acude a los antiguos ritos de jefes tribales y a solemnes frases de caballeros cruzados. Espera unos segundos y se reencarna en la máscara -en el no-ser elegido. Entrega su ser a otra naturaleza que le ayuda, o eso cree, porque lo hace de un modo natural. Responde al miedo y al sentido de protección. 

Es, por lo tanto,  la máscara a la vez: un fetiche de autoconocimiento y un principio teatral. Toda mitología se forja tras la  máscara y se alimenta de ellas. Diría que es un vehículo de pensamiento y de acción, de carne y de fe; el útero donde se forman personajes suprahumanos y la piel que transpira el sudor del alma.  Porque la máscara nos otorga una extraña pero cierta resistencia ante el combate diario que nuevamente emprendemos al despertar, de puro milagro. O de puro teatro.
 
 Salir de uno para encontrarse con todo. Desligarse del yo para sintonizar con lo otro. Alimentar el espíritu. Animismo y psicoanálisis. Qué pereza, ponerme a leer las sesudas interpretaciones de los especialistas en la materia, por muy insignes que sean. Hoy soy un salvaje ciego y sordo, que no escucha ni lee, quizás un salvaje  desdeñoso que se ha quitado por fin la máscara. Y quedo aquí, tumbado así, sin más juicio ni más rostros.