Tuesday, 10 July 2012

ÚLTIMO ADIÓS A LA ÚLTIMA TIERRA




Milagrosamente se ha salvado, bueno, medio salvado, el primer lugar que elegí para empezar a componer en tierra de nadie. Aún así, no puedo contener cierta congoja ante un adiós definitivo e inminente.

Confabulación y lamento

Yo conquisté estas praderas a base del refinado cultivo de la belleza. Y estas arenas y terrones nos han echado encima, como si fuéramos merecedores de  pronta sepultura sin oración siquiera que reciba el alma, ni justicia a caso que se haya impartido. Pues por menos hice colgar de altas ramas a majaderos semejantes, y no exagero ni escatimo. No es de extrañar que hoy me muerda la indignación por dentro, cual manada de hambrientas fieras, y que a estas horas esté en vilo desmontando toda razón o interés para justificar los daños que a mis tierras les han ocasionado.

La fina y delicada naturaleza de la ribera del Butarque quedará del todo dañada para siempre, y ya no podrá verse conejo, liebre, halcón o perdiz que corra o vuele. Ya vendrán a imponerse los motores que hoy a todo ensordece, el asfalto que deje a la tierra yerma, el humo que oscurezca nuestros ojos y pulmones, las luces que nos deslumbren y ciegos nos dejen. De tal modo quedan saqueados mis preciosas obras a golpe de cañón por los terremotos del motor y por el terror programado de torpes gestores y zoquetes mandatarios.

Al menos he recogido estas fotos para poder contarlo, como testimonios de un final, que más bien es una radical transformación de mi reino. Y yo, marqués 56º de Leganés, hidalgo sin soldada ni rocín, pero noble y bondadoso sin fin, digo que estas tierras son mías, y que yo soy el único que por gobernador tienen, aunque la realidad lo contrario muestre. Con ello, dispuesto estoy a impartir mi ley y que lucharé contra esas máquinas que son dragones y saurios al servicio de un malévolo impostor, o a la zaga de una falsa y espeluznante esperanza.

Sí, ya.

Si no fuera un fantasma  algo farruco quien escribiera estas líneas podría creer alguna palabra, mas mi espejismo mismo entona una sonata leve, lejana y cercana a un tiempo, tremendamente tranquilizadora, como si mis fantasmas y mis fantasías se convirtieran en maternales hadas y vinieran a rogarme que por favor vuelva al sueño del que provengo, por mi bien, por mi salud y porque en definitiva, no hay más que pueda hacerse al respecto, sino dejar que siga el tiempo correr veloz por el curso de un río que parece a menudo desbordarse, o estar seco.

Y ya vuelvo anestesiado a mis aposentos, permitiendo, con media sonrisa, al sueño convertirse en dueño de mi razón, y que tanto Cervantes como Calderón vendrán esta noche a verme y me sacarán de manto para prender la juerga y agotar las tabernas que frecuentan, y regresar a casa ya con el sol.

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